miércoles, marzo 25, 2015

Acechando en las sombras


La noche había sido larga, en exceso. Aunque por una vez había intentado centrar mis pensamientos en Enthelion, no había logrado que aquello distrajera mi mente de lo que me preocupaba. No había pegado ojo en toda la noche y esta vez mis pesadillas no tenían nada que ver. Había paseado por los caminos de la ciudad sin rumbo fijo dejando que la suave brisa acompañara mis solitarios pasos. Alguna compañera me había saludado al pasar, pero ensimismada en mis pensamientos como estaba me percataba de ello momentos después. Si bien en otras circunstancias la preocupación de Enthelion por mí habría hecho volar mi imaginación, las palabras en la carta recibida quebraban ahora toda ilusión. Mi corazón era presa de la congoja y no hallaba nada que calmara mi ser, ni siquiera el murmullo del agua que fluía por la ciudad. Con cada segundo que pasaba estaba más segura de que Thoribas lograría sobrepasar las defensas de la ciudad y evitar así ser capturado. No tenía tiempo para pensar cómo iba a hacer tal cosa, pues hasta los cielos de la ciudad eran vigilados por centinelas a lomos de hipógrifos.
El día pasó con lentitud, parecía que el sol no se iba a poner en ningún momento. Durante el día me gustaba dejar a Enthelion tranquilo y reunirme con él al caer la noche, así que cuando el cielo se cubrió de estrellas me dirigí al barracón. Me quedé a los pies de la cama mientras le observaba dormir, peinándome la melena con los dedos, dejándola caer sobre el hombro derecho. Aunque al principio parecía dormir plácidamente, vi en sus movimientos que no era así. Deduje que estaba teniendo una pesadilla, así que me acerqué a él y puse una mano sobre su hombro. Apenas rocé su piel cuando me apartó de su lado con un fuerte empujón, incorporándose. Estaba empapado en sudor y su respiración era agitada, pero al verme se volvió a dejar caer sobre la cama.
—¿Te encuentras bien, Dath'anar? —me acerqué para sentarme al borde de la cama, a su vera.
Aunque según él se encontraba bien, sabía que sólo intentaba tranquilizarme. Le dejé unos minutos para que terminara de situarse y despertarse hasta que volvió a mirarme, recorriéndome con la vista como si buscara alguna herida producida a lo largo del día.
—¿Cómo estás?
—Yo bien —contesté—, pero tú no lo sé. ¿Qué ha sido?
—Olvídalo —murmuró, sentándose al fin a mi lado—. Lo lamento si te he asustado, me sobresalté.
Aunque si bien era cierto que me había asustado al empujarme, no se lo había dejado ver. No necesitaba que se preocupara tanto por mí, aquello me confundía y era una sensación que iba cada vez a más, pero no iba a permitir que las cosas se complicaran. Se levantó algo más tranquilo, aquejándose por algún tipo de molestia. Le restó importancia cuando le pregunté, pero no iba a dejarlo pasar.
—¿Son los puntos?
—Deja los puntos tranquilos, ya cicatrizarán —dijo acercándose a la balconada.
—Al menos déjame ver cómo los tienes, ¿quieres?
Resopló, dándose por vencido, y se acercó. Se levantó la pechera lo justo para dejar al descubierto los puntos, que no tenían pinta de haber mejorado lo más mínimo. Acaricié con suavidad los bordes de la herida y retiré la mano al mirarle seriamente. Era hora de que me hiciera caso y reposara.
—Te agradezco que me salvaras la vida acudiendo así al Paso de la Muerte, pero si empeoran no vas a poder hacer nada... ni por mí, ni por ti, ni por nadie.
—No voy a guardar cama teniendo en mente a Thoribas, Dalria —parecía pretender vigilarme día y noche por si el druida aparecía—. Me pone nervioso. Hacía demasiado que no lo estaba.
Intentó quitarle hierro al asunto bromeando que aún debía agradecerle que me salvara la vida con una cena o algo parecido. Le seguí la corriente, pero aquello no hizo que dejara de preocuparme por él.
—Te lo agradeceré cuando te hayas recuperado —le recoloqué la pechera, apretando con sutileza la herida—. Eres comida de múrloc ahora mismo.
—Eh, estate quieta. He demostrado valer en mi estado, dame algo de libertad —apreté algo más hasta que apartó mi mano. De haber reposado, no le dolería como lo hacía—. ¿Disfrutas haciéndolo?
Si Thoribas aparecía y se enfrentaban, Enthelion estaba perdido si le golpeaba en la herida. Podía dejarle fuera de combate de un solo golpe, pero se negaba a aceptar que algo así pudiera suceder. Además, ya en el pasado había confundido a Thoribas con mi hermana en su forma felina, por lo que no podía arriesgarse a atacar sin más a quien creyera que pudiera ser el druida. Aprovechando que estaba centrada en él, coló una mano por mi cintura para cogerme de la espalda, apretando en la herida que tenía. Le aparté con rapidez mientras notaba a mi corazón acelerarse. No era por la herida, sino por lo cerca que se había puesto de mí.
—No estás en condiciones —murmuró.
—Mejora, cosa que la tuya no.
Sonrió al fin, dándose por vencido.
—Guardaré reposo, pero dame un par de días. No me fío de Thoribas. Estamos heridos y él no. Nos tiene a tiro, sobre todo a ti.
—Pero no estoy sola —le miré, devolviéndole la sonrisa.
—Iré a dar una vuelta, necesito despejarme un poco.

No sé cómo sucedió. Había visto a Enthelion marcharse y le seguí con la mirada mientras desaparecía entre los edificios de la ciudad. Volví al interior y me quité la pechera para cambiarme el vendaje, pero un aroma hizo que se me helara la sangre y supe que algo iba mal.
—Creí que no iba a largarse nunca— anunció la voz de Thoribas. Me di la vuelta, pero no le vi por ninguna parte—. No le llames. Como le vea aparecer, iré a tu casa y mataré a tu madre.
—Muéstrate y deja de actuar como un cobarde.
Miré la sala que era el barracón. Me había situado contra la pared, al lado de la cama, así que tenía la espalda cubierta. Su figura comenzó a tomar forma mientras avanzaba hacia mí, advirtiéndome de lo que pasaría si avisaba a Enthelion. Acarició mi hombro desnudo y no pude evitar quedarme paralizada.
—Se me ocurre una idea para aprovechar el tiempo, me dejaste a medias la otra vez.
Me tiró sobre la cama, pero reaccioné con rapidez y me coloqué al otro lado antes de que pudiera inmovilizarme con su cuerpo. Algo le distrajo durante unos segundos y miró hacia el exterior, pero me vigilaba bien y aquello no me permitió moverme para poder coger algo que me sirviera de arma. Aunque era algo que yo ya sabía, necesitaba decirlo en voz alta.
—Tú mismo te acabas de delatar. No me violaste en el Paso de la Muerte.
—Me refiero a Auberdine. Créeme, no es divertido si no te mueves.
Intenté correr hacia la salida, pero me paró el paso poniéndose delante de mí. Evité mirarle a los ojos en todo momento. No quería que el miedo me traicionara y se reflejara en los míos. Notaba que el corazón estaba a punto de salírseme del pecho, mi voz quería quebrarse y mis piernas doblarse. El pánico quería hacerse con el control, pero debía luchar. Si no lo hacía, terminaría pasando algo similar a lo que había tenido lugar en Karazhan. Si fallaba, si no me controlaba... perdería la vida. Todo cuanto debía hacer ahora era esperar a que Enthelion regresara, y esperaba que fuera pronto. Debía entretener a Thoribas tanto como me fuera posible. Acercó su rostro al mío y su voz sonaba amenazante.
—Retírame el exilio antes de noche cerrada. Si no, tendré que saciarme con tu cadáver.
—Atrévete —le reté.
—¿Qué puedo perder? —sonrió lleno de seguridad y confianza en sí mismo, algo que a mí me faltaba en aquel momento.
—Tu vida y lo poco que en ella quede. Dime, querido... ¿qué es lo que quieres realmente aparte de retirarte el exilio?
—La orden es tan solo un medio.
Quise sacarle más información, pero contestaba con evasivas. Siempre había deseado el poder de la orden y ahora sabía que no era sólo para estar por encima de mí. Quería usarla para sus propósitos, ¿pero cuáles eran?
—Demasiadas preguntas —finalizó—. Retíramelo y, con suerte, podrás esperarme esta noche, pero no para matarte.
Sonrió con sorna y caminó hacia la salida. Quise ir tras él y detenerle, pero su figura se desvaneció de nuevo en las sombras de la noche. Miré a mi alrededor, intranquila, y volví a la cama. Pegué la espalda contra el cabecero tras guardar una daga bajo la almohada. Estaba aterrorizada y todo cuanto deseaba era que Enthelion volviera a mi lado, pero no debía alertarle. Me bastaba con cerciorarme de que estaba bien e hice uso de la runa para ello. Saber que no se había enterado de nada me tranquilizó, y más aún saber que no tardaría en volver, pero... ¿Cuánto tardaría en regresar Thoribas? Había dicho antes de noche cerrada, y para ello quedaba muy poco. Pese a sus palabras, estaba segura de que el druida no me había puesto el dedo encima en Karazhan, o al menos eso me hice creer a mí misma. Pensar en la posibilidad de engendrar a su hijo me llenaba de asco. La adrenalina iba abandonando mi cuerpo y en su lugar me acunó en su seno el sueño. Luchaba por mantenerme despierta, pero finalmente mis ojos se dieron por vencidos. Unos pasos resonaron en el suelo con fuerza acercándose a mí, mas mi cuerpo no reaccionaba a mis deseos. Sin poder hacer nada, me dejé llevar.

La madera crujía bajo los pies de aquel extraño que se acercaba a mi cama, pero era incapaz de abrir los ojos. Noté cómo el colchón se hundía bajo el peso de aquella persona al apoyarse encima y cómo se sentaba sobre mis piernas, inmovilizándolas. Logré mirar a quien tenía sobre mí, apresando mis muñecas sobre mi cabeza con unas raíces que parecían crecer del mismo suelo. Thoribas me tenía a su merced y tapó mis labios para impedir que pudiera alertar a nadie. ¿Dónde estaba Enthelion? Debía intentar hacerme con el arma que había bajo la almohada. Todo lo que tenía que hacer era sostener la empuñadura y clavarle la hoja de la daga en el cuerpo para, como mínimo, quitármelo de encima. Tenía que impedir que me hiciera nada, pero mientras mis manos luchaban contra la fuerza que ejercían las raíces, las suyas se abrían paso entre mi ropa. La cepa se hundía en mi piel y la desgarraba. Sentía como si en cualquier momento fuera a quedarme sin muñecas, pero aun así tenía que intentarlo. Ya casi rozaba el frío tacto de la empuñadura.
—¡Uuugh!
Me incorporé sobresaltada en la cama, arma en mano. Me levanté con sumo cuidado hacia el biombo tras el cual había escuchado el quejido. Seguía desorientada tras despertarme de aquella manera, sobre todo porque el sueño había sido tan real que aún tenía la sensación de que las manos del druida aún estaban sobre mi piel. Oí un par de murmullos, demasiado bajos como para entenderlos. Me coloqué en silencio tras los paneles del biombo y, sosteniendo el arma con firmeza, me coloqué tras la persona que tenía más cercana. Resultó tratarse del peculiar kaldorei que había tratado la herida ocasionada por un druida en el estanque de la ciudad y de Enthelion, a quien estaba volviendo a coser tras haberse deshecho de los puntos que le había hecho yo con anterioridad.
—¡Buenos días! —saludó.
Pude ver en el rostro de mi camarada el dolor que le había causado que aquel peculiar personaje, ataviado siempre con extravagantes ropas típicas del pueblo humano, le cosiera donde no debía al volverse hacia mí para saludarme. Bajé el arma mientras observé con recelo cómo terminaba de coser la herida y limpiar la sangre.
—No le des más puntos, por Elune. Casi le coses el pulmón al esófago.
Aquel comentario pareció divertir a Enthelion debido a la sonrisa que me dedicó. Le agradecí la ayuda que nos había prestado y nos despedimos de él cuando marchó tras unos minutos de charla. Me dirigí de nuevo hacia la cama, ya calmada, para dejar bajo la almohada el arma. Mi compañero, por otra parte, se quedó observándome. Le resté importancia a su preocupación pidiéndole que se vistiera. Aunque no estaba fina, su torso desnudo aún era capaz de distraerme y no podía permitirme algo así en un momento como ese. Thoribas había burlado la seguridad de Darnassus. No sólo eso, sino que había... ¿desaparecido? No, los únicos capaces de desvanecerse de aquel modo eran los magos. Al intentar recordar lo sucedido lo vi todo lleno de sombras. Era como si la luz a mi alrededor en aquel momento hubiera desaparecido, pero no fui capaz de percatarme de aquello, había estado demasiado ocupada centrando mi atención en el druida. Le pedí que se sentara a mi lado tras acomodarme en la cama y de nuevo obtuve aquella mirada.
—¿Qué ocurre?
No conocía el alcance de los poderes del druida, ni siquiera entendía qué poderes poseía. Todo aquello escapaba a mi comprensión, por lo que resumí brevemente mi encuentro con Thoribas a través de la runa. De ese modo, si tenía alguna forma de escuchar cuanto se decía en el barracón, no lo sabría. No era tan estúpido como para no olérselo, pero no iba a ponérselo tan fácil. Casi antes de poder terminar, se puso en pie y recogió su arco con el carcaj repleto de flechas.
—Pediré a un par de centinelas que vigilen que a tu madre no le pase nada. Quédate en el barracón, no tardaré.
No me dio tiempo a réplica alguna. Su paso era rápido y le perdí de vista en cuestión de segundos. Más tarde me informó de que ya estaba hecho y de que no me moviera del barracón, que él se mantendría cerca. Por desgracia para mí, no lo suficientemente cerca como deseaba.

Hacía un par de horas, o tal vez más, desde que Enthelion se había marchado. Estaba sentada en la cama con la espalda apoyada contra el cabezal de madera mientras veía los segundos pasar ante mí. ¿A qué estábamos esperando exactamente? Una hoja seca crujió al ser pisada y una figura que conocía muy bien asomó por la entrada del barracón. Pegué mi espalda cuanto pude contra la cabecera de forma instintiva. Thoribas se alzaba ante mí. Su semblante era serio e impasible, pero su voz sonaba amenazadora.
—No lo has retirado.
—¿Acaso me crees tan estúpida?
Confiaba en Enthelion. Si me había dicho que se mantendría cerca, confiaba en que mi vida estaba segura aunque frente a mí se hallara el asesino más infalible de Azeroth. Me puse en pie y me acerqué a Thoribas, procurando mostrarme serena pese a estar temblando como una hoja siendo arrollada por vientos huracanados en mi interior. Una vez frente a él, mis fosas nasales se impregnaron de nuevo con aquel olor que desprendía su piel y que ahora me producía náuseas.
—Yo que tú tendría cuidado con lo que haces, hay centinelas abajo —le avisé.
—Oh... ¿Y? Puedo matarte antes de que suban —una sonrisa cruzó sus labios. No era una sonrisa de satisfacción, sino macabra.
—Acabarían contigo después. ¿De qué te habría servido?
—Venganza, Dalria. Se llama venganza.
El tono triunfante con el que pronunció aquella palabra logró producirme un escalofrío que recorrió por entero mi cuerpo. Le acaricié la barba blanquecina que se había dejado crecer, sin apartar ni un ápice los ojos de los suyos. De forma que no supe ver, me cogió del jubón y tiró con fuerza de él. La tela se rasgó con facilidad y me cubrí rápidamente los pechos con los brazos.
—Siempre puedo darte algo más de tiempo si me haces un poco más feliz.
Le di una bofetada con todas mis fuerzas, ante lo cual sonrió y se llevó una mano a la mejilla sonrojada. Aquella mueca me paralizó y ni siquiera pude ver de dónde vino el golpe que me propinó en la mandíbula, pero aquello hizo que volviera en mí misma y pudiera esquivarle cuando se abalanzó sobre mí. Grité auxilio para que alguien viniera en mi ayuda, fuera quien fuera. Volví a esquivar otro de sus ataques y no sólo a él, también a las raíces enredaderas que hizo crecer para que me atraparan.
—¡Detente! No conseguirás lo que te propones.
Le había advertido en vano para intentar detener sus ataques, pero alzó el bastón de madera que portaba consigo. Cuando lo había levantado por encima de su cabeza, se quedó inmóvil y la sangre emanó de sus labios entreabiertos. Una certera flecha atravesaba su garganta. Cayó de rodillas al suelo, luchando por mantenerse con vida. Alzó una mano hacia mí y me miró buscando mi ayuda cuando otra flecha se clavó en su cuerpo, dándole muerte al fin. Me había quedado petrificada con los brazos cruzados sobre mi pecho. Lo único que pude hacer fue alejarme del cuerpo inerte de Thoribas y sentarme en el suelo, a los pies de la cama. Thoribas... Hacía apenas unos segundos había intentado matarme y ahora yacía a pocos metros de mí. Enthelion apareció a la carrera y dejó el arco a un lado para tenderme con rapidez una capa con la que taparme. Cogió al druida de un brazo y lo arrastró mientras salía del barracón. Había acabado. La pesadilla había llegado a su fin. Cuando mi camarada regresó a los pocos minutos, me puse en pie. Me había salvado la vida de nuevo mientras que yo me había vuelto a quedar en blanco. Ya había informado de lo sucedido a las centinelas a las que antes había rogado sus servicios y éstas iban a hacer lo pertinente con el cuerpo de Thoribas.
—Recuérdame que nunca vuelva a estar de espaldas a ti mientras sostienes un arco.
Intenté quitarle hierro al asunto al ver el rostro lleno de preocupación de Enthelion, pero no pareció funcionar. Me cogió con suavidad del brazo y me acompañó hasta la cama, instándome a dormir. No creí poder hacerlo pese a que ahora iba a poder gozar de la tranquilidad de saber que Thoribas ya no estaba para hacerme daño. Rindiéndome, me senté mientras me examinaba con la mirada.
—¿Te ha pegado?
—Me ha devuelto el golpe, pero no es nada.
Sonrió de forma tranquilizadora. Era como si supiera que aquel simple gesto fuera capaz de calmar mi ser. Posó con delicadeza su dedo por mi mentón, haciéndome así alzar el rostro para poder verme. Al ver mi mejilla, deslizó hacia ella el dedo y dibujó algo sobre mi piel antes de apartarlo.
—Sólo es un golpe, ha perdido facultades.
—Haz el favor de acostarte, dudo que vaya a pegar ojo.
Me levanté y me dirigí tras el biombo después de coger algo de ropa limpia del armario. Me cambié de ropa y, cuando le miré, estaba acomodado a un lado de la cama. Aunque agradecía su preocupación y necesitaba abrazarle con todas mis fuerzas, necesitaba desahogarme. Hacerlo con él era mostrarme más débil de lo que ya me había visto, preocuparle más de lo que ya estaba. No podía permitírmelo. Le dejé durmiendo en el barracón y, aunque a priori mi idea era partir hacia Auberdine, me quedé en la posada cercana. Allí pensé en el día en que conocí a Thoribas, en los momentos en los que me había sentido bien con él y había estado a mi lado, en aquel instante en que nuestros labios se unieron y en todo el dolor que vino después, en cómo me había torturado, las formas en las que jugó conmigo. Había sido una parte muy importante en mi vida, para bien o para mal, y ahora ya no estaba. Aunque me sentía satisfecha, en mi interior también se hallaba ahora una sensación de vacío. Un murmullo quedo escapó de mis labios.
—Adiós.


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miércoles, marzo 04, 2015

Alerta


Las lunas pasaban con lentitud. Tras haberle devuelto el anillo que el Cónclave de Khaz Modan le había entregado por sus servicios en tierras enanas no me había vuelto a cruzar con Enthelion. Nuestro comunicador había quedado en silencio y yo por fin había podido volver a casa tras la partida de mi madre. No había noticias respecto a nada y al menos había empezado a poder dormir, aunque seguía con aquella sensación de que Thoribas vigilaba cada paso que daba. No podía olvidarme de él, ni tampoco del estruendo que producían aquellas cadenas al ser arrastradas por el suelo. Ya ni siquiera perdía el tiempo en hallar un motivo por el que me hizo todo aquello. Era obvio que deseaba el poder absoluto de la orden y que yo era un impedimento, ¿pero eso era todo? Observé el techo de madera que había sobre mí y suspiré profundamente. Necesitaba darme un baño con urgencia. Era algo que, tras ver lo que vi en aquella cripta, aún no había logrado poder hacer sin sentir como si el aire me faltara. De camino hacia el estanque de la ciudad tomé mi comunicador.
¿Sigue todo en orden? —quise saber.
¿Hm? Sí, sí, descuida.
Oír su voz de nuevo hizo que el corazón me diera un vuelco. Era bastante tarde, así que me disculpé por si había interrumpido su sueño y le avisé de que iba a darme un baño... o al menos a intentarlo.
Tranquila, no apareceré por allí.
Por eso estoy tranquila, descuida.
¿Qué ocurre entonces?
¿Era tal vez el momento de abrirme, de hacerle saber que seguía aterrorizada por lo que había visto en aquella cripta? Sin duda era algo que me venía grande, algo que necesitaba sacar de mi pecho antes de que me desgarrara por dentro. Sabía a qué me exponía abriéndome a él y aquello me aterraba. No quería equivocarme, no con él, pero necesitaba hacerlo.
¿Recorriste aquel lugar?
Tan solo hasta dar contigo —contestó tras unos segundos.
Apenas viste nada.
Lo vi en tus ojos, me fue suficiente.
Apenas recordaba el momento en el que abrió la puerta. De aquel instante recordaba el calor de sus brazos cuando me dio cobijo en ellos. Abracé aquella memoria al meterme en el agua tras deshacerme de la ropa. Estaba fría, pero no me importó. Me adentré hasta que mis pies no tocaron fondo y sumergí la cabeza. La tensión se apoderó de mi cuerpo mientras apoyaba la espalda en el tronco caído y cerré los ojos en un intento por relajarme. Las imágenes se agolparon en mi mente de nuevo y salí del agua tan rápido como pude, vistiéndome y largándome de aquel lugar.
Nada más llegar al barracón, me dejé caer sobre la cama y permití que la impotencia hiciera salir las lágrimas.

Una caricia me despertó. Abrí los ojos con lentitud y comprobé que seguía en el barracón. No debía haber pasado mucho tiempo, pues seguía empapada. Alguien me había tapado para que no pasara frío, y cuando me incorporé vi a Enthelion contemplando la ciudad. Sentía la necesidad de abrazarle en aquel instante, pero la contuve mientras me ponía en pie. La toga que llevaba puesta revelaba más de lo que acostumbraba a llevar, así que me cubrí con la manta que el kaldorei había usado para taparme.
—Lamento no haber llegado antes, Dalria. De veras.
—No, fue culpa mía por no haberte escuchado.
Se volvió hacia mí y me siguió con la mirada mientras cogía algo de ropa seca para cambiarme tras el biombo. Tras ponerme algo mucho más cómodo y secarme, me peiné los cabellos con los dedos, recogiéndolos en una trenza que dejé caer sobre mi pecho.
—¿Cómo estás?
—Preferiría estar a los pies de un volcán en erupción antes de volver a sumergirme en el estanque más pequeño.
—No te va a pasar nada, recuerdes lo que recuerdes.
Aunque agradecía que intentara tranquilizarme, deseaba cambiar de tema. Quise saber si había alguna novedad, pero en los últimos días no había sucedido nada en absoluto.
—¿Venías buscando algo?
Dirigí la mirada hacia la ciudad ante la pregunta y respondí con una negativa cargada de duda. No estaba segura de si debía decirle que era a él a quien buscaba, que necesitaba sentirme segura a su lado, que él me aportaba la seguridad que tanto ansiaba... y que deseaba que me abrazara con sus fuertes brazos.
—Puedes quedarte. No me vendrá mal alguien con quien entretenerme.
Accedí a quedarme con él. Por una vez no quería estar sola y a mí no me iría nada mal distraerme, aunque fuera con conversaciones sin sentido como esperaba tener... pero me equivocaba.
—¿Qué es lo que te preocupa, Dalria? ¿Thoribas, lo que viste... qué?
—Thoribas no me preocupa demasiado —mentí—, lo que vi es lo que me quita el sueño. Aparte de eso, estoy bien.
Para él aquello no era suficiente. Insistía en que debía dormir, en que debía olvidarme de fuera lo que fuera que hubiera visto allí abajo y recuperar la normalidad.
—Ese bastardo se lo ha montado bien, pero todos terminan pagando por sus actos y tú acabarás recibiendo lo que te mereces, no esto.
Hablaba con total convicción y su mirada me decía que estaba seguro de cuanto decía. Aquello me hizo sentir mejor. Si bien no era lo que quería, logró tranquilizarme. Al fin cambió de tema y la conversación se volvió más distendida. Bromeamos sobre esto y aquello, hablamos sobre mi hermana, me enseñó una carta que había recibido del Cónclave de Khaz Modan en que los enanos habían rectificado... En un rato había logrado que me olvidara de todo.

—El destino nos ha dado demasiadas sorpresas —comentó.
—No tantas.
—No me gustan las sorpresas. No así. No me gustan las que conllevan algún tipo de sufrimiento.
Comenzó a deslizar el dedo índice sobre mi trenza, siguiendo su curso hasta su fin. Asumió que no temía por mi vida cuando fui en busca de Thoribas, pero se equivocaba. No había dejado que él supiera lo asustada que estaba. Sabía que era algo peligroso, pero acepté los riesgos. Si Enthelion no hubiera estado herido y no supiera que el druida me tenía preparada una trampa, habría dejado que me acompañara, pero no había sido el caso. De haber permitido que viniera conmigo a Karazhan, no me habría perdonado jamás que le hubiera pasado nada.
—No voy a reprocharte nada, pero podrías no haber vuelto. Has destapado a Thoribas, pero has podido perder mucho más.
Posó un par de dedos sobre mi barbilla, haciéndome girar el rostro para observar mis labios. Tenía una herida en ellos que me dolía incluso al hablar, pero le aparté la mano con suavidad. Frunció el entrecejo, manteniéndome la mirada.
—¿Te pegó estando inconsciente?
Era algo que no le hacía ninguna gracia, pero mucho menos a mí. Lo que Thoribas me hubiera hecho o no tras dejarme sin conocimiento era algo que se me escapaba, pero no me preocupaba que me hubiera pegado. Me preocupaba si realmente había hecho algo más que desgarrar mi ropa hasta dejarme prácticamente desnuda. Pregunté cómo estaban sus puntos para cambiar de tema, no quería seguir recordando lo sucedido en Karazhan.
—Estén como estén, déjalos así.
—No estuvieron tan mal los que te hice.
Me miró no demasiado seguro de mis palabras. Le admití que era la primera vez que cosía a alguien y que no tenía intención de repetir algo así, ante lo cual estuvo agradecido.
—Apuesto a que no tienes ni aguja.
—Si te sirve para coser cuero...
No pude evitar reírme ante su cara de espanto. No había usado una aguja de cuero para coserle, pero su expresión había logrado que mi ánimo se levantara.
—Qué poco confías en mí.
—En ti sí —admitió—, en tu uso de la aguja no.
Se mordió el labio mientras esbozaba una sonrisa. Me encantaba que hiciera aquel gesto, aunque tuve que apartar la mirada para reprimir las ganas que tenía de besarle. Tras mantener una pequeña conversación puramente trivial, se marchó, pero volvió tras un breve periodo de tiempo aquejándose por sus heridas. Pidió que le sacara unas gasas y vendas, pero le obligué a quitarse la camisa. Accedió tras ponerme pesada y se quitó el jubón, sentándose en la cama. Le retiré las vendas y después las gasas, las cuales estaban pegadas a su piel. Los puntos iban mejorando, pero necesitaba quedarse quieto si no quería que se le abrieran.
—Dime, Dath'anar... ¿Qué entiendes tú por reposo? —me gustaba llamarle por su nombre más que por su apodo.
—¿Quién me está dando lecciones? —preguntó en un tono jocoso.
Le limpié con cuidado la herida antes de cubrírsela con gasas limpias y vendarle, no sin antes echar un vistazo a su torso desnudo. Era tarde, demasiado, y los párpados me pesaban. Dejé que se acostara y durmiera tranquilo, aunque lo hizo a un lado de la cama, dejándome espacio. Negué con la cabeza y le deseé buenas noches antes de retirarme a mi casa. Habían sido demasiadas tentaciones para un día. Temía que llegara el momento en el que no pudiera reprimir mis deseos hacia él, y presentía que aquel instante se acercaba cada vez más.

Encontrarme en mitad de un campamento lleno de demonios me haría sentir mucho más segura que allí, en mi propio hogar. La sensación de que alguien no apartaba la mirada de mí y que vigilaba mis pasos era constante. Empezaba a cansarme de aquella sensación, de mirar a mi espalda cuando caminaba por la ciudad. No importaba cuántas veces me dijera a mí misma que no podía pasarme nada, no lograba tranquilizarme ni tampoco dejar de dar vueltas en la cama. Apenas recordaba ya lo que se sentía al dormir a gusto. Aunque me costara admitirlo incluso para mis adentros, los momentos en que lograba apartar todo aquello de mi mente era cuando estaba con Enthelion. Me levanté de la cama y me dirigí al barracón, vigilando de forma instintiva mis espaldas, pero al llegar allí no estaba él. Esperaba que a su lado, al menos, pudiera relajarme aunque no lograse pegar ojo. Me puse cómoda en el lecho, dispuesta a esperar. Debieron pasar al menos un par de horas hasta que escuché unos pasos acercándose. Conocía su caminar a la perfección; no cabía duda de que era él.
—¿Estás dormida? —preguntó en apenas un murmullo.
Me incorporé y respondí con un gesto de cabeza. Sin mediar más palabra, me tendió una carta. Reconocí la letra de su autor y el corazón se me aceleró de forma incontrolable. Era él. Arrugué el papiro cuando terminé de leer su contenido y lo lancé con rabia contra la pared. El miedo volvía a mí y ni siquiera la presencia de Enthelion lograba relajarme. No me quitaba ojo de encima y mi reacción le mantenía en alerta.
—¿Qué es? —quiso saber.
—Thoribas me pone en alerta. Dice que deberé tener cuidado a partir de ahora ya que él no tiene nada que perder —alcé la mirada hacia Enthelion—. Quiere vengarse de mí. Me exige que retire la orden que hay contra él y que quizá se piense el dejarme con vida. Y no me hagas recordar cómo ha firmado.
Aparté la mirada de los ojos del kaldorei. Thoribas se había despedido rogándome que tuviera cuidado, pues su hijo crecía en mis entrañas. Aquello no hizo más que enfurecerme y asquearme al mismo tiempo. Era lo que él quería, de eso estaba segura, pero no podía evitar pensar en la probabilidad de que sus palabras fueran ciertas.
—Está loco, así no conseguirá nada.
—Ponerte nerviosa —contestó Enthelion, apoyándose contra el armario que había cerca—. ¿Te has planteado dejar Darnassus por un tiempo? Como precaución.
Thoribas no iba a acercarse a Teldrassil. Lo más seguro era quedarme en la ciudad, pero aun así quería escuchar la idea de mi compañero y sopesarla. Hasta el momento no le había escuchado y todo había salido mal, y aunque la idea de abandonar la capital no me agradaba, tal vez fuera lo ideal.
—No había pensado en nada, simplemente en que él creerá que estás aquí. No estás para más sustos, Dalria.
—¿Y realmente crees que se atreverá a pisar la ciudad? —pregunté, clavándole la mirada.
—¿Con tal de degollarte? Sí —sentenció seguro de sus palabras.
Su respuesta hizo que me faltara el aliento durante unos segundos. Me había hecho aquella misma pregunta innumerables veces, pero consideraba que Thoribas era demasiado cobarde como para algo así. Sin embargo había demostrado estar loco, ¿y si Enthelion tenía razón y el no tener nada que perder le hacía cometer aquella locura? ¿Y si se atrevía a poner pie en la ciudad con tal de acabar con mi vida?

—¿Temes lo que pueda hacerte o lo que pueda haberte hecho?
Aquella pregunta me pilló de improvisto, despertándome de mi ensimismamiento. Por unos instantes no supe qué responder, pues no estaba segura, pero al final lo vi claro. No importaba qué me hubiera hecho Thoribas, fuera lo que fuera ya estaba hecho y no lo podía cambiar. El futuro, por otra parte, era algo incierto y siempre en movimiento. Debía impedirle hacerme nada, tenía la oportunidad y no la iba a desaprovechar. ¿Pero tenía fuerzas para ello? Aunque había formulado aquella pregunta para mis adentros, mis labios la pronunciaron.
—Las tienes, ¿me equivoco?
Se acercó a la cama y se apoyó sobre uno de los postes. Su mirada se posó en mí y la sentí clavarse como si de un frío puñal se tratara en lo más profundo de mi ser.
—No quiero encontrarme con él. Si así fuera pediría que retiraran la orden contra Thoribas o iría a Auberdine.
—Creo que le considero bastante más peligroso que tú.
Levantar el ánimo no era una de las habilidades de Enthelion, pero tenía razón. Thoribas tenía las de ganar. Conocía mis puntos débiles y él no tenía nada que perder. En cambio yo podía perder a mi madre y a Enthelion, las dos únicas personas que en aquel momento me importaban. Caminé nerviosa hasta la balconada del barracón, notaba el pecho encogido y necesitaba respirar.
—Huir no me servirá de nada.
—Tal vez te ayude a seguir con vida mientras pensamos en algo.
Sus pasos se acercaron y por un momento deseé que me abrazara, pero no fue así. Sabía que el miedo se reflejaba en mis ojos y me giré con la esperanza de que aquello le diera una pista y me acunara entre sus brazos. Mantuvo las distancias en todo momento, pero su rostro denotaba una gran preocupación. Una idea atravesó mi mente. Era una locura, pero debía estar dispuesta a hacer alguna. Nos enfrentábamos a un loco, sólo podíamos jugar de una manera y era del mismo modo que él. Enthelion y yo no albergábamos dudas de que le queríamos muerto y entre los dos no sería difícil acabar con su vida. El kaldorei estaba de acuerdo conmigo, pero me tocaba la parte en la que tal vez no lo estuviera.
—Sólo hay que hacer que venga a nuestro territorio con lo único que quiere en estos momentos.
—Tú.
Asentí, pero por la expresión de su rostro era una idea que no le gustaba lo más mínimo. Él era bueno ocultándose, no tenía porqué pasar nada. Mi papel iba a ser el de cebo, atraer a Thoribas hacia donde quisiéramos mientras él acababa con su vida desde la distancia. Enthelion bufó ante la idea e hizo que me volviera hacia la ciudad.
—Ya pensaremos en algo. Relájate un rato, ¿quieres? —murmuró—. Sería estúpido, incluso para él, venir ahora.
—A veces me parece increíble el cómo mi vida ha cambiado desde que le conozco.
Noté su mano sobre mi nuca, acariciándome la piel con suavidad tras recolocarme la trenza.
—Te la ha jugado, nada más.
—Lo cual me hace más débil que él —murmuré.
—Confiada es la palabra, no ingenua ni débil.

La cabeza comenzaba a dolerme. Aparte de la falta de sueño que llevaba arrastrando desde que regresamos a Darnassus, le estaba dando demasiadas vueltas a Thoribas y a su dichosa carta. Perdí por un par de segundos el mundo y creí estar a punto de desmayarme. Lo habría agradecido, pero no fue así.
—¿Estás bien?
Me acarició el brazo, cogiéndome de él con suavidad. A veces me sorprendía la delicadeza con la que me trataba. Necesitaba distraerme, dejar de lado los problemas por una vez, pero tampoco podía marcharme y dejarle a él con las responsabilidades de la orden. Enthelion, sin embargo, creía que era lo que debía hacer.
—De algo estoy segura. Ese desgraciado ni me ha tocado. Quiere confundirme y sabe cómo lograrlo, pero esta vez le ha fallado el plan.
—¿Cómo estás tan segura?
—Sabe cómo me sentía cuando estaba encinta de Erglath.
Para mi compañero era la primera noticia después de que la mala suerte no hiciera más que perseguirme, pero estaría segura de forma definitiva en un par de semanas. Me apoyé sobre la pared que tenía a mi lado, con Enthelion pendiente de mí. Por si aquella noche no hubiera tenido suficiente poco tacto, me preguntó por los cadáveres que había visto en descomposición y cuánto debían llevar allí. A algunos se les veía el hueso, pero otros parecían mucho más recientes.
—No fue un espectáculo bonito de ver, como comprenderás.
—Olvídalo —contestó—, el principal plan de Thoribas era que los vieras. Lo físico... llegó por cobardía. Sabía que todo se le venía abajo. Aguantaste el tipo bastante bien —de nuevo me frotó los brazos con sus caricias—, cualquiera hubiera perdido los estribos.
No quería pensar en qué hubiera sido de mí si no hubiera llegado a tiempo. Ni siquiera quería pensar en todo aquello. Necesitaba relajarme y reposar mis heridas tanto como él, pero ambos éramos reacios a estarnos quietos. Tenía suerte de que las mías dolieran tanto que apenas me dejaran hacer nada, aunque iban mejorando. La única con la que iba a necesitar su ayuda era con una situada en la espalda y que parecía algo profunda. Le pedí que le echara un vistazo a pesar de que iba a ser una situación un tanto incómoda. Bajó los tirantes de mi toga para que ésta descendiera por mi piel hasta mi cintura. La herida iba desde mi omoplato izquierdo hasta el lado contrario de la cintura. Desconocía por completo cómo me la había hecho, pero estaba casi segura de que su causante había sido Thoribas. Cerré las manos, arañando la madera de la pared. En parte por la rabia que sentía hacia el druida; por otro lado, por el escozor que el desinfectante me producía. Aunque Enthelion iba con sumo cuidado, no pude evitar quejarme. Noté sus dedos rozándome la piel, descendiendo hasta mi cintura para recolocarme la toga.

—Aún no sé qué hacer con Eldaeh si nos la volvemos a encontrar, pero desde luego que a ti te mantendré bien lejos de ella.
Se volvió hacia la ciudad mientras me cambiaba de ropa después de que la toga que llevaba se hubiera manchado con el antiséptico, pero pude percibir cómo su cuerpo se ponía tenso al mencionar aquel nombre.
—Irá a por ti —sentenció—. No sé cómo te las apañaste para mantenerte serena.
—Estaba en el mismo estado que tú —confesé—, pero el dolor de la herida me mantuvo en mi sitio. Si el dolor fue lo que me mantuvo en mí misma, buscaré la forma de volver a hacerlo.
Le toqué en el hombro cuando acabé de cambiarme para que pudiera volverse y se sentó directamente en la cama. Estaba cansado, pero no era debido al sueño. Le cansaba no hacer nada y verse obligado a reposar. Le conocía lo suficiente como para poder ver aquella diferencia.
—No cuentes conmigo. Apuesto a que estaré fuera de combate. La última vez... no te quité ojo de encima.
Aquellas palabras hicieron que mis mejillas se encendieran y me viera obligada a apartar la mirada de la suya. Una suave y agradable risa salió de sus labios. Se le antojaba divertido ver cómo la sangre se acumulaba en mis pómulos, incómoda por lo que había sucedido en casa de mi hermana, aunque ambos coincidíamos en que habría sido más incómodo todavía si no hubiera logrado controlarme.
—Al menos pudiste controlarte cuando yo empecé a flaquear.
—¿Pude? —preguntó no muy seguro de sí mismo.
—Necesité alejarme de ti para poder controlarme, tú no parecías tener tantos problemas.
—Hiciste bien en no decírmelo en aquel momento —intuía por dónde iban los tiros, pero quería asegurarme de a qué se refería y él no dudó en responderme cuando le pregunté—. No habría actuado como lo hice de saber que no te apartarías.
Acordamos finalizar allí la conversación antes de que fuera más incómoda para mí o de que mis mejillas alcanzaran una tonalidad de rojo nunca antes conocida. Además, empezaba a ser tarde y ambos necesitábamos descansar. Aun con los puntos tal y como los tenía insistió en dormir en el suelo. No podía dejar que cometiera aquella estupidez, así que recogí mis cosas para irme a la posada que había cerca del barracón.
—No voy a dejarte ahí abajo tras esa nota.
No era algo que estuviera dispuesta a discutir con él. Thoribas no iba a aparecer como él temía, así que me fui de allí lo más rápido posible para evitar que insistiera hasta convencerme de que, para variar, tenía razón. Además, me iría bien estar alejada de él durante al menos unas horas. Una cosa era recordar su mirada llena de lascivia, otra saber que, de no haberme mantenido cuerda, nos habríamos abandonado con toda seguridad el uno al otro. Aunque aquellos pensamientos solían permanecer en mi mente durante largo rato, esta vez fue distinto. Retira la orden que hay contra mí y, tal vez, te deje con vida. Recordé aquellas líneas que había leído en la carta del druida y sentí un repentino escalofrío recorriéndome de pies a cabeza. Estaba loco y lo había demostrado, ¿pero cómo pensaba burlar a las centinelas que vigilaban la ciudad? Era una pregunta para la que no tenía respuesta y que iba a acompañarme durante aquella noche en vela.


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miércoles, enero 21, 2015

Ocultos deseos


Mi cuerpo había hallado de nuevo la calma. Dejaba las horas pasar sobre la cama con la mirada perdida en el techo del barracón. Al final había regresado a nuestra base, pues mi madre seguía en mi casa y al ir antes había comenzado a echarme en cara cosas que ya ni recuerdo. No podía dormir, pero al menos reposaba. Escuchaba desde el lecho los mensajes que el viento traía consigo, el ulular del búho posado sobre un tejado cercano o el murmullo de las centinelas que pasaban cerca velando por la seguridad de la ciudad. Intenté ponerme cómoda y tumbarme hacia uno de los lados, pero aquello no hizo más que hacer presión sobre una de mis heridas y tuve que volver a colocarme hacia arriba. Lo que no oí, sin embargo, era a Enthelion acercándose hasta que oí su voz.
—Deberías intentarlo.
Me incorporé ligeramente para ver dónde estaba y me encontré con el brillo de sus ojos. Estaba apoyado contra el biombo que había cerca, mirándome.
—¿El qué?
—Dormir —contestó.
Era lo que intentaba hacer y no lograba. Demasiadas cosas cruzaban mi mente a todas horas y, lo poco que dormía, era con la sensación de estar siendo vigilada o de que Thoribas estaría a mi lado al despertar. Aunque iba a retirarse para no molestarme, le insté a quedarse y volví a tumbarme. Llevaba horas preguntándome lo mismo y, aunque él no fuera capaz de darme una respuesta, necesitaba realizarla en voz alta.
—¿Tan malo es callarse algo que sabes que a la larga hará daño a otra persona?
En aquel momento me di cuenta de que tal vez podría interpretarlo de forma errónea, así que me apresuré a explicar lo que había sucedido con mi madre. ¿Por qué decirle que le había dado un nieto que había fallecido? No quería llorar delante de él, ya lo había hecho demasiadas veces en el pasado... pero quería hacerlo. Era demasiado.
—Por Elune, Dalria... Se te ha acumulado todo —chasqueó la lengua—. Deberías tomarte un tiempo y olvidarte de todo. Estás hecha polvo y necesitas recomponerte.
—Lo estoy haciendo —repliqué, aunque en realidad ni siquiera yo me creía mis propias palabras—. Mientras me recupero puedo pensar en lo personal.
El kaldorei estaba convencido de que, de estar en mi lugar, no podría separar lo personal de su puesto. Claro que dejaba que se encargara de todo mientras yo me recuperaba, pero lo que Enthelion quería era que me despreocupase de todo por completo durante una temporada.
—Que te empeñes en estar bien no significa que lo estés —puso fin a nuestra pequeña discusión—. Estaré fuera, voy a por algo de ropa. Avísame si necesitas algo.
Se marchó y, con él, su olor. Tanto su piel como su ropa desprendían un peculiar aroma a bosque y, si bien era algo típico en alguien que pasaba tanto tiempo como nosotros rodeado de naturaleza, el suyo era distinto y particular.

Pensé en las palabras de Enthelion y recapacité. Era cierto que necesitaba tomarme un tiempo y dejar que las heridas —no sólo las físicas— sanaran, de lo contrario se harían cada vez más y más grandes. ¿Pero a qué iba a dedicar mi tiempo si no era a la orden? Era su líder pese a todo.
—A veces creo que me exijo demasiado —murmuré.
—Casi siempre —me corrigió Enthelion al regresar.
Vi como, tras haberse cambiado de ropa, se sentaba en un rincón de la estancia con la espalda apoyada contra la pared. Seguía insistiendo en que dejara de culparme de todo cuanto me ocurría y tal vez tuviera razón, excepto en una cosa: si le hubiera hecho caso, lo de Karazhan no habría tenido lugar y yo estaría en perfecto estado. Él, al contrario que yo, se notaba que tenía experiencia liderando. No se dejaba llevar y mantenía la cabeza fría, sabía lo que convenía en cada momento.
—No me has visto lo suficientemente involucrado, Dalria. Es más, ya me has visto fuera de combate.
Recordé a qué se refería y una fugaz imagen pasó por mi mente, tornando de un color rosado mis mejillas. Era la única vez que le había visto totalmente fuera de sí, luchando por mantener un control que no poseía. Como bien me recordaba, no podía esperar que todas mis decisiones fueran las correctas. Debía aprender de mis fallos. Todo era un constante aprendizaje y yo me había quedado atascada al no ver por dónde debía seguir mi camino. Había sido una suerte que Elune hubiera puesto a aquel hombre en mi vida, pues parecía ser mi única estabilidad.
—Duerme —dijo desde su posición, sentado en el suelo.
La cama era lo suficientemente grande para que durmiera en ella sin molestarnos el uno al otro, pero rechazó la oferta. Era algo que no iba a ofrecerle dos veces, pues la sola idea hacía que me quisiera morir de vergüenza. A fin de cuentas, era mejor así. El sueño me atrapó rápidamente en sus redes cuando quedamos en silencio.

Al despertar dejé que Enthelion durmiera tranquilo. Marché del barracón para asearme, comer algo y ponerme una cómoda toga de manga corta. Al regresar, el kaldorei se despertaba. Sonrió ligeramente, adormilado, al verme llegar.
—Te queda bien —comentó, señalando mi vestimenta con un cabeceo. Se puso en pie y se desperezó rápidamente—. Ayer recluté a un kaldorei, parece tener experiencia.
Aquello eran buenas noticias. Parecíamos estar en racha, pero no podíamos celebrarlo. Elune nos estaba sonriendo, ¿pero durante cuánto tiempo seguiría haciéndolo? Me despedí de mi compañero para dejar que se despejara tranquilamente y di un paseo por la ciudad. Al llegar a la charca, volví a encontrarme con él.
—El Santuario Rubí ha sido atacado.
Se trataba de un pequeño territorio del vuelo rojo en el Cementerio de Dragones, en Rasganorte. Aunque ya hacía un par de días que Enthelion se había enterado del ataque, se lo había guardado, pues no veía motivo por el cual debiera preocuparme innecesariamente. Ni él ni yo estábamos en condiciones de ir a ninguna parte, pero me molestó el hecho de que me hubiera ocultado la información. Era cierto que tenía muchas cosas en la cabeza, pero debía estar al tanto de cuanto acontecía para al menos estar informada de ello. Me apartó un mechón de la cara, colocándomelo tras la oreja, pero apartó la mano cuando le reproché haberse guardado nada.
—Te informaré de todo, no te preocupes —prometió.
Le clavé la mirada, molesta, ante lo cual separamos nuestros caminos. Él se marchó hacia el barracón y yo, por otro lado, hacia los estanques de Arlithrien. Allí podría pensar. No sólo me veía afectada por lo que había sucedido en las últimas semanas, sino por él. La forma en que me había sonreído antes, en que rozaba mi piel, en la atención que me prestaba... Si mi mente retrocedía atrás en el tiempo, al día en que nuestros sentidos se nublaron por culpa de Eldaeh, perdía el control incluso sobre mis propios pensamientos. Debía mantener las distancias con él y era imperativo.
Me tumbé sobre la hierba, haciendo crujir las que yacían secas sobre el suelo. Medité un poco más sobre mi decisión. Distanciarme de Enthelion era lo mejor que podía hacer. Era algo que ya no podía negar. No sólo me atraía físicamente y le deseaba, me estaba enamorando de él. Le tenía en la cabeza constantemente, quisiera o no, y lo cierto es que era lo único en lo que quería pensar, sobre todo tras los últimos acontecimientos. Sin embargo comenzaba siendo hora de que apartara su rostro a un rincón de mi memoria para prestar atención a otras cosas. Era la única forma que tenía de poder olvidarme de él y, tal vez, con el tiempo, mis sentimientos por él no fueran tan fuertes. Aquello que sentía era nuevo para mí y se había apoderado de mi ser por completo. La única persona por la que había sentido algo similar era Erglath, y mi amor por él era distinto, era el de una madre. Aunque parecía estar logrando mi propósito, al menos en aquel momento, su voz sonó a través del comunicador. Debía devolverle el anillo con el sello del Cónclave, aquel que llevaba colgando de una cadena de plata del cuello y que los enanos nos habían dado en señal de nuestra alianza. Enthelion había sido de utilidad cuando les había prestado su servicio en Dun Morogh. Aunque sin ganas, me levanté del suelo y eché una última mirada a los estanques. Esperaba volver pronto a aquel lugar, pues parecía envolver mi espíritu en paz.

Al llegar al barracón, Enthelion estaba de pie a los pies de la cama. Fijó su mirada en mí cuando entré y extendió la mano cuando me quité la cadena de plata que colgaba de mi cuello. La abrí para sacar el anillo y depositarlo en su mano con un gesto algo tosco, evitando cualquier contacto con él. Guardé la cadena bajo las telas de la toga que portaba de nuevo, ocultando así el anillo plateado que colgaba de ella.
—Gracias. Me lo han reclamado, de malas maneras.
Cuando no se nos necesitaba, éramos elfos, sin más. Él esperaba de los enanos algo de agradecimiento como mínimo. Yo, por el contrario, nada.
—La vida de mi sable valía más que la de uno de sus malditos búnkeres, pero hice mal esperando algo aparte de lo de siempre.
Aunque en su voz no se denotaba rabia o ira de algún tipo, creía tener la certeza de que se arrepentía de haber ayudado a los enanos y que esos sentimientos aguardaban en su interior.
—Sólo podemos confiar en nuestro pueblo... con contadas excepciones.
—Nuestro pueblo no sólo ha heredado el gusto por la bebida de los humanos, Dalria, sino el deshonor.
Aquello era cierto. Mirase a quien mirase, los gustos y las costumbres de nuestros aliados se había arraigado cada vez más en los de nuestra raza. En quienes más se notaba era en aquellos que debían dejar su hogar y permanecían meses en territorios aliados. Incluso el olor en ellos había cambiado. Por lo general, la gente de mi pueblo olía a bosque y naturaleza. Sin embargo, cuando desembarcaban desde Ventormenta, el aroma a tabaco, alcohol y piedra se había impregnado en los poros de la piel de muchos de ellos. Recordarles quienes eran en realidad, sus raíces y costumbres, era parte de nuestro trabajo.
La noche se me antojaba larga y, tras un rato en silencio que parecía eternizarse, decidí que aquella noche dormiría en la posada más cercana. Mi madre seguía en mi casa, aunque estaba segura de que pronto se iría. Enthelion, por el contrario, se quedaría en el barracón. Al marcharme de allí y ver que no regresaba, el kaldorei preguntó por el comunicador si iba a regresar para pasar la noche. Realmente quería volver y estar con él, pero debía mantener la cabeza fría y le rechacé con brusquedad. No estaba siendo justa con él. En lugar de mantenerme distante, que era lo que debía hacer, estaba dejando que mis sentimientos interfirieran en el modo en que le trataba.

Llevaba un largo rato en la cama y seguía dándole vueltas. Tenía demasiadas cosas en la cabeza y Enthelion era algo que no debía estar ahí. Yo sola no podía con todo, así que me levanté y me recogí el pelo mientras iba de camino al barracón. Al llegar, seguía despierto y dando vueltas por el lugar.
—Puedes pasar, no voy a echarte —dijo al detenerse frente a mí, mirándome.
Me disculpé por haberle evitado y le llamé por su nombre, Dath'anar. En raras ocasiones le llamaba de aquel modo dado que él prefería Enthelion, pero en aquel momento necesitaba sincerarme con él y dejar caer la carga que me había estado atormentando aquellos días de forma incansable.
—¿A qué se debe, Dalria?
—Es... por lo sucedido con Eldaeh —mentí.
No sé por qué lo hice, pero tenía miedo. Tenía miedo de decirle realmente lo que sentía por él, así que usar aquella excusa me pareció ideal.
—No tienes por qué preocuparte, nos pasó a ambos —se excusó—. Además, la culpable de tu estado no eras tú.
—Lo sé, pero... Yo misma entiendo la situación.
Él no, y no era de extrañar. Me di cuenta de que así sólo había complicado las cosas, pero ya era tarde para echar marcha atrás. Intenté zanjar el asunto allí, aunque sabía que él no lo olvidaría tan rápido como yo deseaba.
—Dejémoslo así. Tan sólo quería pedirte disculpas.
—No tienes porqué hacerlo, incluso yo me encendí contigo.
Le clavé la mirada para que dejara el tema y pude notar cómo la sangre se acumulaba en mis mejillas al recordar aquel instante. Intenté hacer desaparecer aquella imagen de mi mente, aunque no lo logré. El vello de mis brazos se erizó al volver a notar sus ojos cargados de deseo en mí y la cabeza me traicionó al pensar en cómo se dejaría llevar si algo parecido volviera a suceder.
—Estaré en la posada.
Ni siquiera me atreví a mirarle a la cara cuando me despedí y me marché de allí, dirigiéndome a los estanques de nuevo. Necesitaba refrescarme y necesitaba sacar de mi mente aquellos pensamientos, alejarlos de mí de alguna manera. Sin embargo, aquella imagen acompañada de todo cuanto deseaba hacerle no iban a desaparecer así como así.


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miércoles, diciembre 31, 2014

Gélida brisa


Me desperté sobresaltada. Al mirar a mi alrededor y ver que no había nadie, miré hacia el cielo. La luna no estaba donde recordaba, con lo que me había quedado dormida y había soñado con Thoribas. Fue todo un alivio saber que aquella visión no había sido real, pero me había dejado un malestar en el cuerpo que costaría hacer desaparecer. Me levanté de la cama y me acerqué al borde del pequeño balcón que daba al estanque de la ciudad. Había bajado ligeramente la temperatura y aquello hizo que me frotara los brazos con suavidad. Unos pasos entraron con rapidez y me volví, alerta.
—¿Qué ocurre?
Enthelion había venido corriendo y me miró tras cerciorarse de que no había nadie más en la casa ni fuera de la misma. Aquello me extrañó, pues no le había pedido que viniera, y menos a toda prisa.
—¿Te encuentras bien? —quise saber.
—¿No has gritado?
Si había gritado no lo sabía, pero al menos no lo había hecho desde que me había despertado. Enthelion se llevó una mano al costado, recuperando el aire. No sabía desde dónde había venido, pero se había dado prisa en llegar lo antes posible y, además, listo para el combate. Tenía las armas envainadas, pero mientras las llevara encima estaba preparado para cualquier imprevisto que pudiera surgir.
—Debe haber sido por la pesadilla —admití—, acabo de despertarme sobresaltada.
—Lo lamento, me había imaginado algo peor.
Miró alrededor antes de clavarme una mirada cargada de desagrado. Se despidió, pero conociéndole le aseguré que Jedern iba a tener la mano controlada. Sabía que no le gustaba que estuviera allí y que le odiaba casi tanto como a Thoribas. Ninguno de los dos druidas había traído nada bueno a mi vida, pero al menos éste no quería matarme... o al menos que yo supiera. Al insistir en preguntarle qué había imaginado, volvió a desearme una buena noche. Me acerqué a la entrada para verle marchar, deseando saber qué ocupaba su mente. Sólo era capaz de adivinar cómo se sentía por sus expresiones faciales o por sus miradas. A veces no necesitaba más por su parte, pues al mirarme a los ojos me decía mucho más que las palabras. Él me entendía casi del mismo modo, o eso me gustaba pensar. Cuando le perdí de vista regresé a la cama y me cubrí con la sábana. No sabía adónde había ido Jedern, si se había encargado ya de mis heridas ni tampoco si iba a ser capaz de volverme a dormir. El cuerpo seguía doliéndome y cada vez que cerraba los ojos veía a Thoribas de nuevo frente a mí.

Dalria, ¿cómo estás?
La pregunta de Enthelion fue seguida por un saludo de Mikh. Miré a mi alrededor; seguía estando donde la noche anterior y seguía estando sola. Me hallaba completamente desubicada y noté un fuerte mareo al incorporarme. Ni siquiera fui consciente de lo que Enthelion me había preguntado por runa, por lo que tuvo que repetírmelo. Le dije cómo me encontraba mientras intentaba, en vano, ponerme en pie. Volví a tumbarme en la cama. Me había pasado la mayor parte de la noche en vela, sin poder dormir, hasta que el sueño me había vencido. Me froté los ojos y acto seguido entró Enthelion. Me incorporé una vez más, pero lentamente.
—¿Has pegado ojo?
—N-no demasiado —contesté, aún mareada—. ¿Hay alguna novedad?
Negó con la cabeza tras disculparse.
—Si hay algo que podamos hacer, dínoslo.
Le dije que se portaran bien, y ante su enarcada ceja interrogativa le expliqué que no quería que crearan un complot para ver quién se quedaba con mi puesto. Aunque aquello era una broma, o al menos era mi intención para que no se preocupara tanto por mí, no le había hecho ninguna gracia.
—Ya he tenido demasiado con lo sucedido, ¿tú no?
Yo era quien más había tenido con Thoribas y todo lo que le rodeaba, pero debía mostrarme fuerte aunque me estuviera tomando un descanso. No dejaba de ser la General de los Centinelas de Elune. En mí recaía toda la responsabilidad, las decisiones y sobre quien se posaban todas las miradas. Si flaqueaba, no les daba motivos a mis hombres por los que ser fuertes ni tampoco ninguna confianza. Mi madre me había enseñado que en un líder era primordial hacer crecer la confianza con sus hombres, pues así estos iban al campo de batalla seguros de que valía la pena defender a esa persona si era necesario, que valía la pena seguirle. Me disculpé con Enthelion, pero mientras me calzaba me dijo que era por mí por quien debía sentirlo y no por él.
—Oh, y creo que estaría bien poner a Mikh más cerca de ti.
Quería que Mikh estuviera cerca de mí a modo de escolta y para que me aportara confianza.
—Tal vez, pero no me gusta tener cerca a alguien a quien no conozco. No me sentiría segura si mi vida dependiera de él. No cometas mi error de confiar rápidamente en nadie.
—Bien, asígnamelo —dijo con decisión—. Si no me convence en un período de tiempo, te lo haré saber.
Medité la idea durante unos segundos y acepté. Confiaba en él y en su criterio, aunque sabía que tendría que aceptar a Mikh como escolta si la opinión de Enthelion estaba a su favor. Se lo hice saber al susodicho a través del comunicador del Capitán, pero cuando se lo devolví y quise retomar la conversación con él, se despidió para dejarme descansar. Volvía a estar sola de nuevo.

A las pocas horas regresó Jedern, quien había estado ocupado con plantas de todo tipo según había dicho. Le tenía preocupado la flora de Teldrassil, había notado algo inusual en ella. Por más horas que se pasó explicándome lo que había sentido en ella, lo que podría significar y sus posibles causas, no logré entender nada. Aquello no era lo mío, era como si me estuviera hablando en idioma orco. Me preparó pescado para comer mientras seguía hablando —más consigo mismo que conmigo— sobre Teldrassil y su ecosistema. Tal era su preocupación que mientras me desinfectaba la herida de la pierna, la cosía y vendaba no tuvo siquiera el más mínimo miramiento. Aunque se disculpó, no quise que hiciera lo mismo con el resto de heridas que debían ser tratadas. Lo único que quería era silencio y él no parecía dispuesto a callar en ningún momento, así que tras agradecerle su ayuda me dirigí al barracón de la orden. Allí podría descansar tranquila y estaba segura de que ni Mikh ni Enthelion vendrían, pero pronto llegaría el recluta para contradecirme. Por suerte estuvo poco rato y volvió a marcharse.
Salía del Templo de Elune tras agradecer a nuestra diosa por su protección y me dirigía de nuevo hacia el barracón, pero algo estaba fuera de lugar. El aire era frío y la ciudad parecía desierta. Caminé con cautela, atenta a cualquier sonido o movimiento. Las hojas secas del suelo crujían bajo mis pies y pude vislumbrar a lo lejos una silueta. No reconocía quién era, así que me acerqué a ella, intrigada. La sombra iba adquiriendo más definición con cada paso que daba, pero su rostro se desveló cuando me situé a un par de metros de él. Thoribas me cogió por la muñeca con fuerza mientras yo despertaba de aquella pesadilla, echándome a un lado de la cama al ver a alguien de pie a mi lado.
—Eh, tranquila.
Mikh se había vuelto a pasar por el barracón para ver cómo me encontraba, atrapado además por la fuerte lluvia que caía fuera. Quiso saber porqué le había ordenado ser el escolta de Enthelion, si se debía a algo en especial. Tras decirle que sólo quería ver cómo se desenvolvía, se encogió de hombros y se sentó en la mesa tras sacar de su morral lo necesario para escribir una carta. Me cubrí con una manta y me dirigí hacia la balconada para observar la ciudad. El recuerdo de Thoribas parecía perseguirme cada vez que cerraba los ojos. Saqué del armario uno de los comunicadores que guardaba en caso de tener algún nuevo recluta y llamé a Enthelion para saber dónde estaba.
En Auberdine, Dalria. ¿Pasa algo?
En absoluto —contesté.
Si bien sentía la necesidad de tenerle cerca para sentirme más protegida, aquello me iría bien. Estaba dependiendo demasiado de él, y después de lo sucedido la última vez que allí estuve con él era mejor guardar distancias.
—El buzón más cercano...
Mikh distrajo mis pensamientos mientras oteaba Darnassus en busca de un buzón que estuviera a la vista. Le indiqué dónde estaba el más cercano mientras, entretenida, cambiaba el comunicador de una mano a otra.
Marcharé de viaje antes de que sea noche cerrada, hacia Rasganorte —dijo Enthelion.
Rasganorte... Aquello me hizo recordar lo cambiado que había regresado de allí Thoribas y esperaba que no le sucediera lo mismo a él. Si aquel gélido lugar era el que le había cambiado, no quería que Enthelion regresara del mismo modo. Era perfecto tal y como era, aun con el aro de metal que colgaba del tabique inferior de su nariz o su armadura de colores tan poco característicos en los de nuestra raza. Mikh, quien aún permanecía a mi lado, no tardó en contestarle.
Os acompañaré, desconozco el estado de la elfa.
¿El estado de la elfa? Aunque le pregunté a quién se refería no obtuve respuesta, y ambos kaldorei siguieron hablando mediante el comunicador. Iban a reunirse en el puerto de Ventormenta, pues Enthelion estaba ocupado entrevistando a la recluta que había contactado conmigo antes de partir a Karazhan. Cuando terminaron de hablar, Mikh al fin me contestó. Se trataba de una amiga de ambos a quien le habían salvado la vida con anterioridad y que se hallaba en problemas en Reposo Estelar. Si bien la lluvia no había cesado, el guerrero finalmente se despidió para partir cuanto antes hacia la capital humana. Yo, para mis adentros, recé para que nada pasara en Rasganorte que me hiciera detestar aún más aquel lugar. Aquella noche ni siquiera intenté dormir: recé a Elune para que regresara sano y salvo, para que regresara siendo el hombre que conocía y no otro totalmente distinto.


El murmullo de la lluvia cayendo sobre las copas de los árboles de Darnassus me calmaba. Habían pasado algunos días desde la partida de Mikh y Enthelion hacia Rasganorte y yo seguía sin apenas poder pegar ojo o poder darme un baño tranquila, pero tenía la esperanza de recuperarme más pronto que temprano de aquello. Las heridas físicas, en cambio, seguían igual. Sólo algunas rozaduras leves habían comenzado a cicatrizar y una rojiza costra las cubría. En aquel templo de soledad en que se había convertido el barracón tuve tiempo para pensar, y no permití que Thoribas fuera quien ocupara mi mente sino mi hijo. Me preguntaba si, de no haber permitido que aquel gnomo de enfermiza mente se lo llevara, habría sido una buena madre. Me habría gustado tanto poder arroparle por las noches, enseñarle a hablar, hablarle de la benevolencia de Elune, de la hermosura de nuestros bosques, de...
Dalria, ¿cómo estás?
La voz de Enthelion que sonaba a través del comunicador me había sorprendido hasta el punto en que me levanté aprisa de la cama. No solo seguía con vida, sino que estaba lo suficientemente cerca como para recibir su mensaje. De hecho, y para mi gran alivio, se hallaba en la ciudad, pues quería acercarse al barracón para echarle un vistazo a mis heridas. Había regresado del continente helado antes de lo que había previsto, algo que era posible mediante el uso de portales arcanos. Podían convertir un viaje de varios meses a través del océano en lo que tardase un mago en preparar el hechizo. Si bien despreciaba la magia arcana, el poder estar en un punto del mundo y al segundo siguiente estar en el otro me parecía asombroso a la par de útil.
Como era tan típico en Enthelion, apenas tardó en llegar. Estaba empapado debido a la fuerte lluvia que caía sobre la ciudad, pero ni aquello le detenía cuando se proponía algo. De haber sabido que llegaría con tanta rapidez me habría cambiado en lugar de llevar la toga que usaba para estar cómoda.
—Enséñame las heridas.
Me senté en la cama tras bajarme la parte superior de la toga hasta la cintura, dejando al descubierto varias heridas a lo largo de brazos y abdomen, incluida la marca que la maza del kaldorei me había dejado antes de partir a Karazhan. Aunque llevaba los pechos cubiertos, en aquel instante me sentía completamente desnuda e incómoda. No pude evitar recordar lo sucedido en Auberdine y lo que allí habíamos sentido ambos gracias a las curiosas y excitantes características de la alquimia empleada por Eldaeh. Enthelion, sin embargo, no pareció darle tanta importancia y escudriñó mi piel para observar las heridas, desinfectándolas con sumo cuidado.
—¿Ha ido todo bien por Rasganorte?
—Nada especial —murmuró mientras trataba una herida en mi hombro—, pero Mikh no llegó a reunirse conmigo en Ventormenta.
Por lo que comentaba, Mikh se había entretenido en una de las tabernas de la capital humana y se había visto envuelto en una pelea que acabó bastante mal para él. Por suerte para nosotros no llevaba puesto el tabardo de la orden ni lo llevaba encima. Ese era el destino que aguardaba a algunos de los de nuestro pueblo que se desviaban de nuestras tradiciones y adoptaban las de nuestros aliados. Cuando terminó de desinfectar las heridas y vendármelas, me recoloqué la toga antes de levantar su falda para mostrarle las heridas de las piernas. Aparte del mordisco del oso, del cual ya me recuperaba, tenía la que me hice al caer por el pozo de la cripta y un par más algo importantes que a saber con qué me las habría hecho Thoribas.
—¿Cómo te las hiciste? —quiso saber mientras las examinaba y empezaba a desinfectar una de ellas.
—Me... Me tiró por un pozo tras dejarme inconsciente y caí sobre un montón de huesos.
Se hizo de nuevo el silencio. Aunque sus manos eran sumamente cuidadosas, en su rostro se reflejó algo que no supe reconocer. Se sentó para estar más cómodo, colocando mis piernas sobre sus muslos mientras me trataba con meticulosidad.
—Ha perdido todo cuanto quería —sentenció, vendando la última de las heridas y cubriendo mis piernas de nuevo con la falda.
—Era previsible que lo perdería todo si me hacía algo.
Le agradecí su atención y se puso en pie, recogiendo las vendas que le sobraban y el antiséptico. Sin embargo hizo caso omiso a que se llevara alguna capa con la que cubrirse de la lluvia cuando se fuera.
—Tú descansa y avísame si necesitas algo —me puso una mano en el hombro para que no me levantara al despedirme de él—. Por ahora no hay novedades, pero deja que me encargue yo de todo.
Puse una mano sobre la suya a modo de agradecimiento mientras le dedicaba una sonrisa. A los pocos segundos me dio la espalda para marcharse. Me tumbé mirando hacia el techo, acompañada por el único sonido de la lluvia. Expiré con fuerza. Aunque no me había quejado en ningún momento, las heridas escocían, pero seguía con la imagen del rostro de Enthelion en la cabeza. ¿Qué había sido aquello que había visto en él; ira, odio, mero desagrado...? No lograba encontrar una palabra que definiera aquello que había vislumbrado en su mirada.

—¡Dalria! —gritó una voz femenina encolerizada—. ¡¿Cuándo pensabas decírmelo?!
Me puse en pie rápidamente, aunque aquello hizo que soltara un bufido de dolor. Mi madre acababa de entrar en casa, pues me había ido del barracón hacía varias horas para hacer un par de recados. Tenía los ojos enrojecidos y se sentó a llorar en la cama. Miré al exterior, esperando que Enthelion o la nueva recluta no aparecieran por allí para presenciar el drama que mi madre estaba a punto de montar.
—¿Qué sucede, madre? —pregunté tras sentarme a su lado, pasándole un brazo por el hombro que rápidamente rechazó.
No sabía quién habría sido ni cómo conocería lo acontecido, pero alguien le había dado el pésame por el fallecimiento de Erglath. Mi madre jamás supo que había estado encinta. Me había aislado precisamente para evitar preguntas y miradas de ella o de nadie. Yo me había dejado embaucar por las bonitas palabras de alguien que desapareció tras acostarme con él y había llevado en mi vientre su semilla hasta dar a luz. Por si fuera poco, había caído meses más tarde en las redes de Thoribas, quien creía que podría llegar a ser mi compañero... Aquello no decía nada bueno de mí. Había sido ridículamente ingenua y estúpida. Tras explicárselo y contarle todo lo que había sucedido con Erglath, bajé la cabeza avergonzada.
—¿En qué estabas pensando? ¿No se te ocurrió pasar con él al menos unos cuantos años? ¿Es que acaso os eduqué a tu hermana y a ti para que os fuerais con el primer imbécil que pasa por delante de vuestras narices? Si vuestro padre estuviera vivo para ver esto...
—¡Pues no lo está! —la interrumpí, poniéndome en pie.
Precisamente por aquel motivo no le había dicho nada en ningún momento ni pensaba hacerlo jamás. No era nadie para juzgarme ni para echarme nada en cara. Había cometido muchos fallos y estaba pagando el precio. No solo la muerte de Erglath, mis heridas eran la prueba de que estaba pagando por pecar de ingenua y confiada en demasiadas ocasiones. Tenía el corazón acelerado por el enfado y por las repentinas ganas que tenía de llorar pero que me reservaba. Había sufrido la pérdida de mi hijo y seguía haciéndolo día tras día, y no iba a consentir que nadie me echara nada en cara.

Tras salir de allí, me dirigí al Templo de Elune. Había pedido unos nuevos comunicadores, a los cuales Thoribas no tenía acceso. De este modo ya no podría oír lo que en la orden se hablaba ni tampoco entrometerse. Cuando salí de aquel lugar con lo que había ido a buscar, la lluvia había cesado, pero aquello no hizo que aflojara el paso para llegar cuanto antes al barracón y cambiarme de ropa.
—No deberías salir mientras llueve; el agua no es limpia.
La voz de Enthelion a mis espaldas hizo que me detuviera y me diera la vuelta. Un mechón de sus níveos cabellos se pegaba a su plateado rostro.
—Sigo teniendo mis obligaciones, y mi madre está en mi casa —dije con un tono más malhumorado del que pretendía.
—Por el momento no las tienes —me recordó, siguiendo mis pasos hacia el barracón—. Hay dos nuevos reclutas y, como te dije, yo me ocuparé de todo.
—Está bien —resoplé—. Estoy demasiado cansada como para discutir contigo.
Me quité la empapada capa que llevaba sobre los hombros y la dejé sobre el biombo que había cerca de la cama. Aunque iba a irme para dejar que se quedara en el barracón, insistió en que me quedase con él. Hubiera aceptado de buena gana en otras circunstancias, pero no estaba de buen humor.
—No me sentiría segura durmiendo aquí. Aunque esté exiliado de Darnassus, no me fío —me excusé.
Tras coger un par de cosas del armario y darle el nuevo comunicador, me acompañó fuera hasta que una kaldorei de cabellos tan blancos como los nuestros se acercó. Mi intención era seguir caminando, pero Enthelion se detuvo y me pidió que hiciera lo mismo. Me presentó a Lindiel Hojanívea, la joven a la que había reclutado unos días antes de marchar a Rasganorte y a quien le dio uno de los nuevos comunicadores. Notaba que empezaba a faltarme el aire y quería salir de allí cuanto antes, con el corazón acelerado y un fuerte dolor en el pecho. Necesitaba alejarme. Me despedí a toda prisa y comencé a caminar a paso rápido sin rumbo fijo. En cuanto les perdí de vista, me colé entre un par de edificios y me senté a los pies de un árbol cercano. Mi cuerpo entero temblaba sin que yo pudiera tener ningún tipo de control y empezaba a sudar. Erglath, mi madre, Thoribas, Enthelion... Aquello empezaba a ser demasiado para mí y no estaba segura de poder con todo.


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